Con quien
dormía…
#AlasAndadas
@mariagyp
Por María Yáñez
Muy desprendida y libre se decía María cuando inició
el Camino de Santiago. Era un invierno de 2017, siete años después de que
caminara parte de la conocida ruta española. En aquella ocasión solo fueron 10
días andando, tiempo que le bastó para prometerse una ruta completa. Tuvieron que
pasar siete vueltas al sol para que cumpliera su promesa: el Camino Francés, 800
km desde San Jean Pied de Port, (San Juan Pie del Puerto) hasta Santiago de
Compostela, la ruta más popular que atraviesa la frontera entre Francia y España,
sin saber que eso, era apenas el principio de su conexión con la senda de
peregrinación más transitada de la madre patria.
Se trata de la ruta más antigua y concurrida del
viejo continente, que inició por motivos religiosos pero que hoy, son
diferentes razones las que mueven a los caminantes. Sus raíces son católicas
pero hay que decir que las motivaciones son desde deportivas, culturales, pero
sea la que sea, el espíritu siempre sale ganando.
Justo en la segunda etapa, el segundo día de camino, en
el albergue público de Roncesvalles, en la región de Navarra, España, un pueblito
pintoresco salido de cuento. Un hospital histórico patrimonial de viejas paredes
de piedra, en una habitación con 12 literas, 24 camas, llegó muy campechano la primera
víctima de los prejuicios: Juan, un catalán que tenía aspecto de duende pero
roncaba como un ogro, hacía un chiflido de burro con carga al dormir, le
gustaba hablar y hablar aunque nadie le entendiera. En las primeras etapas María
la mexicana y Juan, eran los únicos peregrinos que hablaban español, aunque él
ni una pizca de inglés.
María, una chica que se creía abierta de mente, en
ese momento aun más, que se ufanaba por viajar sola, al igual que lo hiciera en
2010, la realidad le demostró lo contrario. Juan le caía mal con solo verlo, le
molestaba su apariencia, por descuidado y ruidoso, aunque no solo a ella, también
a los otros peregrinos, entre ellos, alemanes, ingleses, norteamericanos y
coreanos, lo evitaban, buscaban la cama más lejana al catalán. La mexicana no
hacía nada por convivir con él, cuando se lo encontraba en el camino, lo
evitaba, caminaba más rápido o más lento que él, se trataba de no coincidir.
El único amigo del chico montañez: un coreano muy
amable que con gran tecnología a la mano, traducía las conversaciones, siempre
ofrecía una tímida pero constante y honesta sonrisa. Un día de tantos, llegó
Juan a la mesa del albergue en turno y le habló en español al coreano, le
mostró el mapa y le comentó sobre la caminata del día siguiente, parecía un
monólogo, el coreano sólo le sonreía sin entenderle una pizca pero asentía con
interés.
-
Le hablas como
si te entendiera, le dijo María
-
¡Que se busque
la vida!, respondió el gachupín con esa típica expresión española
Fue en Logroño ya en la Rioja, con más de una semana
andando, cuando la tribu se fue a cenar. ¿Cómo olvidar esa parada siendo la
capital gastronómica española? En pleno brindis descubrieron a Juan sentado solo
en una mesa y lo sumaron al encuentro. Juan, alegre, amable y sin rencores les
invitó un chupito a cada quién, les enseñó costumbres de su país, los contagió
de su risa afable y su corazón abierto.
A partir de ese día, María empezó su labor de
traductora entre Juan y el resto del grupo. Se volvió su chalana, todo el
tiempo atendía: “diles que…”
Juan que rozaba los 50 años, siempre desaliñado, una
barba mal lograda, ataviado con su overol más gris que el negro original comprado
en decatlón, la tienda favorita de los montañistas en Europa, confesó que su
chiflido al dormir era hereditario y que lamentaba molestar.
- Cada noche busco la cama del rincón, la más
solitaria alrededor, para fastidiar lo menos posible. Alguna vez me intentaron
golpear a media noche por hacer ruido al dormir, les contaba con honesta pena.
Así pasaron los días y se volvió amigo de todos,
siempre preocupado por los demás, esperaba a la última peregrina, fuera quien
fuera, sin importar la lluvia, el sol, el frío o el dolor en su pierna, porque
le dolía la pierna y mucho. Achaques de su intensa vida de montañista.
Fue en Burgos, ya en Castilla de León, tras dos
semanas andando, dijo sentirse muy mal del pie, anunció que regresaría a casa, que
en ese lugar, terminaba su camino. En el albergue le organizaron una despedida
muy especial a ese pequeño hombre de corazón gigante. Para todos, era un
peregrino entrañable lleno de alegría y generosidad.
Esa misma tarde, previo a la despedida, María no pudo
sacar dinero del cajero, en la comida le rechazaron la tarjeta, realmente se asustó.
De no resolverlo, volvería a México, no tenía a quien recurrir.
Varias fueron las muestras de solidaridad, primero Lúzan,
alemana que muy relajada le dijo que no se preocupara, le prestó 50 euros,
mientras que el gringo Paul le prestó sin chistar su teléfono para llamar desde
una cafetería al banco hasta obtener solución. Llegó el duendecillo chiflón que
tenía en pausa su despedida por su amiga a quien le ofreció 300 euros. Eran
ofrecimientos de amistad y generosidad que conmovían a cualquiera y de paso, dejaban
respirar el alma de la mexicana, que sin planear, le daban cachetadas con
guante blanco a sus iniciales prejuicios. Un estorbo en el camino que le hizo
perder grandes momentos, pero que pretendía recuperar.
Todo se resolvió, era un tema de actualización de
datos, así que la fiesta siguió. La mañana siguiente debía confirmar que todo
estuviera en orden. Juan, antes de despedirse la acompañó al cajero para
cerciorarse de ello. Para fortuna de la peregrina, así fue. Se despidieron como
grandes y entrañables amigos, agradecida por la lección recibida. No dormía con
el enemigo, tenía a un gran compañero del alma, del camino.
¿De terror?
Un mes después, ya en marzo, en Galicia, en el ansiado
Santiago de Compostela, venía en camino otra lección más a la pereza de no
abrir el corazón y la presteza para prejuzgar. En un albergue privado, solo
unos euros más que el público, con servicio muy similar: habitaciones
compartidas, le tocó una recámara con dos literas, es decir, 4 camas. María que
decidió quedarse por varios días en una de sus ciudades favoritas del mundo, la
tierra del apóstol Santiago, dormía en la parte de arriba de una de las
literas, pero no podía ver con quien la compartía. Por la maleta y pertenencias
que se asomaban, todo indicaba que era una chica. Una muy tímida que no le
gustaba la luz, los ruidos o convivir, su zona de la cama la cubría con una
cobija al estilo cortina, su cuevita, y María otra vez, a prejuzgar.
En plena madrugada, el grito de la chica misteriosa la
asustó, era un grito como de las películas de terror, parecía poseída. María
temerosa y con mil hipótesis en la cabeza, temía que su vecina se levantara y
la golpeara. Esa noche sólo ellas compartían habitación.
No peló el ojo hasta el día siguiente. Ya en el desayuno,
le contó lo sucedido a otra amiga peregrina, Lorna, una mujer inglesa, al menos
con un año sin parar de vagabundear por el mundo y con sus grandes rastas
rubias, le aconsejó cambiar de habitación, pero en ese momento entró el encargado
del albergue.
-¿Quién más duerme en mi habitación?, le preguntó
María
- Ahh es Janet, una chica francesa muy linda y dulce,
ahora viene para que la conozcas… Y Janet apareció. Muy delgada, con aspecto
frágil, lentes grandes y la boca un poco torcida pero muy muy sonriente.
María entendió lo que pasaba. A duras penas hablaba,
el idioma era lo de menos, se las ingenió para explicar que era de Lyon,
Francia, desde ahí, caminó hasta Santiago, viaje que empezó en septiembre de
2016. Le contó que antes de empezar el periplo despertaba cada día y se decía a
si misma: Si puedo, pero el otro día ganaba el no puedo. Hasta que llegó el momento
en que se dijo: Voy y sin voltear atrás, empezó el Camino. Su estancia en
Santiago de casi dos semanas, era un break
esperando pasara lo peor del invierno, para iniciar su regreso a casa. Caminando
de nuevo, claro está.
La francesita le regaló otra gran lección a María. No
estaba poseída, son problemas de respiración y un gran dolor de cuerpo, un
problema de nacimiento, un tema motriz, sus “limitaciones”, que ella no
conocía, eran solo físicas que se olvidaban con su coraje y alegría por la
vida. Era muy valiente, que a pesar de su aspecto, de su desbordante fragilidad
de un vaso de cristal en bicicleta de montaña y de prácticamente no hablar
español, hacía el Camino. No unos cuantos kilómetros, al menos, el triple que
María, quien osó sentirse grande en comparación a muchos de sus compañeros.
-Todavía me atreví a tenerle miedo y pretendí cambiar
de habitación… ¡Qué absurdo! Se auto enjuiciaba la mexicana, que buscaba
explorar otra ruta, la portuguesa: Ya nada era suficiente.
En Oporto, con su puerto, grandes bodegas de vino y
su aire británico, la cautivó, y desde ahí, inició una ruta que improvisó. En
un albergue privado de la segunda ciudad más grande de Portugal, durmió tres
noches como en Santiago, compartió habitación con Carmen, una andaluza que
roncaba como no había escuchado en todo el Camino. Ni siquiera su mamá, que
algunas noches se escuchaba en toda la casa, le había truncado su sueño, hasta
pensó que era hombre. Por primera vez en todo el Camino, los ronquidos de
alguien le impidieron dormir.
Al día siguiente, sin miramientos, cambió de
habitación.
-Te advertimos que las otras habitaciones están
llenas, hay señores grandes roncan muy fuerte, le dijo a la quejosa el
encargado de origen italiano
-¡No me importa! Creánme, no existe alguien que la
supere.
En el desayuno, Carmen con un dejo de vergüenza, le
preguntó a María si había logrado dormir…
-Roncaste tan fuerte que pedí cambio de habitación.
Carmen sonrío y entendió, no sin dejar de justificarse por la gripa que
padecía.
Pese a todo
pronóstico, se hicieron buenas amigas. La española le dio varios tips del
camino portugués, hablaron de yoga, la vida y hasta le recomendó el mejor
hostal que existe en la ruta portuguesa. “La casa Angélica”, un lugar
imperdible, a la que ni tarde ni perezosa visitó y confirmó el encanto del
lugar.
Nuevo
pecado, nueva penitencia…
En Finisterre, donde se creía que era el fin del
mundo, donde parece que el cielo se une con el mar, todo pintaba lindo. La
primera noche, María durmió sola en la habitación del albergue “el espiral”, con
al menos 7 literas, es decir, 14 camas. Un lugar muy lindo y acogedor. Al día
siguiente llegó Cristian, un alemán muy atento, pulcro, educado, interesante,
hasta atractivo. Hablaba muy bien el español, contó que conocía muy bien México,
donde pasó algunas temporadas. Cristian había hecho el Camino de la Costa al
tiempo que María el francés.
Los encargados del albergue los llevaron a la playa
para presenciar el atardecer. El atractivo alemán invitó a Nina, una chica serbia
con quien caminó varios días pero que se hospedada en otra casa.
Esa noche, la mexicana y el alemán, compartieron habitación
sin contratiempo alguno. María durmió como bebé, resulta que sin prejuicios, a
solo unos metros de Cristian. Al otro día, para su fortuna, llegó Chester,
también alemán con quien caminó la mayor parte del Camino Francés. Esa noche,
los tres compartieron el atardecer y habitación, incluso Cristian, ofreció una
cena mexicana, era la cuenta regresiva para volver a casa y así, continuar su
labor de enfermero.
Todo seguía normal, lo recordaba con buenos ojos, lo
tenía en instagram y compartían likes. ¡Benditas redes sociales! Se decía al
ver como crecía la red de amigos sin importar la distancia o nacionalidad…
María continúo su camino de nueva cuenta a Santiago. Caminaba para que le
contara como otra ruta y obtener una Compostela más. Con ella, tres a cuestas,
de sus ganas, serían más, pero el dinero ya no le dio, por más mochilazo, los
albergues cobraban entre 5 y 15 euros, mientras que los menús oscilaban entre 8
y 16 euros. Caminar por casi tres meses, no le fue rentable económicamente pero
enriqueció su corazón, una inversión que le valdría para la vida.
Y bueno, regresando al tema, en pleno bosque, la
peregrina latina se cruzó con Nina. Una sorpresa que parecía no tener
coherencia, se encontraron en sentido contrario. Nina, de origen serbio le
explicó que tomó un bus a Santiago y volvía caminando de nueva cuenta a
Finisterre, para vivir mejor el camino. Se tomaron una selfie que la rubia envío a Cristian, el amigo en común. Él mandó
saludos para ambas, siendo el último comentario público y privado que cruzaron
con él.
Luego de tres semanas, ya en Oporto, su tercera ruta,
y de la que ya habíamos hablado, Nina le mandó un mensaje de voz asustada, en
shock. Un periodista alemán la contactó a través de las redes sociales. Detectó
la comunicación que mantuvo durante las últimas semanas con Cristian, y quería
entrevistarla sobre él.
El alemán estaba prófugo, acusado de estrangular a
una mujer. Ambas entraron en shock. La chica serbia no sabía si responder la
entrevista, pues su experiencia con el alemán fue grata al igual que la de María
que durmió dos noches en la misma habitación, sin miedo, prejuicio o sospecha
alguna. Llegaron a pensar que era una acusación injusta, pero al googlearlo, descubrieron que todo era
real, que además estaba relacionado con pornografía infantil. ¡Era
indefendible! Lo último que supieron era que se entregó a las autoridades y desapareció
de las redes sociales.
Cristian tenía varios tatuajes, uno de ellos muy
grande en el antebrazo derecho que rezaba: nuevo pecado, nueva penitencia. ¿Eso
qué significaba? ¿estaba relacionada con quién era? ¿qué debía aprender?
¡Cuántas lecciones de aquellos con quien dormía!
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